La psicología contemporánea lo confirma: no existe un solo “yo”. Existen muchas versiones de nosotras que se activan según el contexto, la relación y las expectativas. Pero, ¿qué pasa cuando la suma de esos roles deja poco espacio para quien las habita?
Hay una pregunta que suele aparecer en momentos de silencio: ¿quién soy realmente? No es una pregunta filosófica abstracta. Es una pregunta práctica, cotidiana, que surge cuando una mujer vuelve a casa después de un día entero siendo jefa, madre, amiga, mediadora, cuidadora. En algún punto del camino, la pregunta cambia de forma: ya no es solo “quién soy”, sino “cuándo digo yo, ¿qué versión de mí está hablando?”.
La psicología contemporánea muestra que nuestra identidad no es fija ni única. Funcionamos a través de diferentes roles sociales que se activan dependiendo del contexto. El sociólogo Erving Goffman describió este fenómeno comparando la vida social con un escenario: en cada entorno asumimos un papel específico, ajustando comportamiento, lenguaje y postura .
Esto no significa falta de autenticidad. Significa adaptación. Y los seres humanos somos, en esencia, seres adaptativos. El problema no es tener múltiples versiones de una misma. El problema es cuando algunas de esas versiones ocupan tanto espacio que dejan poco oxígeno para las demás.
La carga invisible de los roles
Cuando hablamos de mujeres, esta dinámica suele ser más compleja. Diversos estudios sobre la carga mental muestran que muchas mujeres gestionan simultáneamente múltiples responsabilidades: trabajo, familia, gestión emocional de las relaciones, planificación doméstica y cuidado de los hijos .
La socióloga Arlie Russell Hochschild describió este fenómeno como trabajo emocional: un esfuerzo invisible de organizar no solo tareas, sino también emociones y expectativas a su alrededor . Es la energía que se invierte en mantener el clima emocional de una casa, en recordar los cumpleaños, en anticipar necesidades, en suavizar tensiones antes de que estallen.
Por eso no es extraño que muchas mujeres experimenten conflictos entre sus distintos roles. La mujer que en el trabajo debe ser firme y asertiva puede sentir que en casa debe ser contención y dulzura. La que en su grupo de amigas es la que siempre escucha y sostiene, puede extrañar un espacio donde ella también sea escuchada sin tener que organizar nada.
La matrescencia: el parto de una nueva identidad
Uno de los momentos más intensos de esta reorganización de la identidad ocurre con la maternidad. La antropóloga Dana Raphael acuñó el término matrescencia para describir la profunda transformación psicológica, hormonal y social que ocurre cuando una mujer se convierte en madre .
Al igual que la adolescencia, la matrescencia es una transición identitaria. No es solo un cambio físico. Es un cambio en la forma de habitar el mundo, de relacionarse con el cuerpo, con el tiempo, con la pareja, con la propia madre, con la propia historia. Y en medio de esa transformación, muchas mujeres sienten que la versión de sí mismas que existía antes de la maternidad queda suspendida en algún lugar al que no saben cómo volver.
No es que esa versión haya muerto. Es que los nuevos roles —madre, cuidadora principal, gestora emocional— ocupan tanto espacio que a veces no queda lugar para las otras.
Los roles que no elegimos
Otro punto importante es que no todos los roles se eligen de manera consciente. Dentro de las familias, por ejemplo, las funciones emocionales suelen distribuirse de forma espontánea. La teoría de los sistemas familiares desarrollada por Murray Bowen explica que los miembros de una familia terminan asumiendo determinados papeles —mediador, cuidador, solucionador de conflictos— muchas veces sin darse cuenta .
Una hija puede convertirse en la “pacificadora” de sus padres sin haberlo decidido. Una amiga, en la “terapeuta” del grupo sin haber postulado al cargo. Una hermana, en la “responsable” de mantener el contacto familiar sin que nadie se lo haya pedido explícitamente.
Estos roles no son malos en sí mismos. Lo que duele es cuando se vuelven identidad. Cuando la mujer deja de preguntarse qué necesita y solo sabe responder qué es lo que se espera de ella.
¿Existe un “yo” detrás de todos esos roles?
En este escenario surge una pregunta fundamental: ¿existe un “yo” detrás de todos esos roles? ¿O somos simplemente la suma de lo que hacemos y de lo que los demás necesitan de nosotras?
La mayoría de las investigaciones en psicología de la personalidad sugiere que sí. Los roles sociales pueden cambiar a lo largo de la vida, así como nuestras opiniones, preferencias y prioridades. Sin embargo, ciertos rasgos más profundos de la personalidad tienden a mantenerse relativamente estables .
Eso significa que hay algo que persiste. Algo que no depende del contexto ni de las expectativas. Algo que quizás no siempre tiene espacio para manifestarse, pero que sigue ahí.
Tal vez, entonces, la pregunta más interesante no sea simplemente “quién soy”.
Tal vez sea otra:
Cuando digo “yo”, ¿qué versión de mí está hablando… y cuál todavía está esperando espacio para existir?
Volver a habitarse
Reconocer la multiplicidad de roles no es un problema a resolver. Es una realidad a integrar. El desafío no es elegir una sola versión de una misma y deshacerse de las demás. El desafío es aprender a moverse entre ellas con consciencia, sin que ninguna termine devorando a las otras.
Eso implica preguntarse, con honestidad radical:
- ¿Qué versión de mí ocupa más tiempo en mi día a día?
- ¿Cuál de mis roles me da energía y cuál me la quita?
- ¿Hay alguna versión de mí que no he podido habitar porque no encuentro espacio para ella?
- ¿Qué necesitaría para que esa versión también tuviera su lugar?
No hay respuestas universales. Cada mujer, en su contexto, en su historia, en su etapa vital, va encontrando sus propias formas de habitarse. Pero hay algo que sí parece común: la necesidad de espacios donde no haya que cumplir ningún rol. Donde no haya que ser la fuerte, la organizada, la que todo resuelve. Donde el “yo” pueda aparecer sin máscaras, aunque sea por un rato.
Insight VivesBien
No se trata de elegir una sola versión de una misma. Se trata de que ninguna versión ocupe tanto espacio que ahogue a las demás.
La integridad no es la ausencia de roles, sino la posibilidad de habitarlos con consciencia y de reconocer, detrás de todos ellos, a la mujer que sigue siendo, incluso cuando nadie la está mirando.
Fuente
Estudios sobre carga mental y división de tareas en el hogar (varias fuentes)
Goffman, E. (1959). La presentación de la persona en la vida cotidiana
Hochschild, A. R. (1983). The Managed Heart: Commercialization of Human Feeling
Raphael, D. (1973). The Tender Gift: Breastfeeding
Bowen, M. (1978). Family Therapy in Clinical Practice












